LA PAUSA NORMANDA

Una historia y un paisaje que configuran una forma de ver la vida

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Los acantilados marinos alcanzan los cien metros de altura

El trou normand es la costumbre normanda de hacer una pausa en la comida para tomar calvados, el brandy típico de la región, elaborado con zumo de pera. Es una buena metonimia (ya saben, ese recurso literario de nombrar la parte por el todo) de la actitud de los habitantes de esta región, y también de la que debe tomar el visitante ante los alicientes que encontrará aquí.
¿Qué tiene para ofrecer Normandía a los que quieran visitarla? De todo y mucho: grandiosos paisajes de belleza serena, tanto marítimos como campestres, una riquísima gastronomía, incontables manifestaciones de arquitectura románica, gótica y neoclásica, pequeños pueblos con encanto, movimientos artísticos como el impresionismo…
Normandía es una región de 29.000 km2 –una extensión similar a la de Galicia– situada al norte de Francia y bañada por las frías aguas del canal de la Mancha. En el oeste destacan los paisajes graníticos, mientras que en el este dominan los calcáreos, la muestra más significativa de los cuales son los blancos acantilados marinos de más de cien metros de altura.

La historia entró en Normandía por sus playas

Vista esta diversidad geográfica, queda claro que lo que define a la región, más que su geología, es su historia. Los vikingos llegaron a principios de la Edad Media. Siguiendo a su caudillo Rollon el Caminante, asediaron París, y para contenerlos, el rey carolingio Carlos el Simple, les concedió en 911 el ducado de Normandía. Guillermo, el hijo de Rollon, conquistó Inglaterra, donde estableció la dinastía normanda. Ambas regiones permanecieron asociadas hasta 1204, cuando Normandía fue ganada para el reino de Francia.
Pasaron lentamente los siglos y en 1944 Normandía volvió a ser protagonista de la historia. El 6 de junio de  aquel año, el Día D, se produjo el desembarco de tropas aliadas que acabaría poniendo fin a la invasión alemana de Francia y a la Segunda Guerra Mundial. Con el desembarco de 130.000 soldados, la Operación Overlord es la mayor invasión anfibia realizada en un solo día.

Salpican el paisaje pueblos con encanto y majestuosos castillos

Setenta años después, esas playas de fina arena siguen siendo un motivo de vivo interés para los turistas, al tiempo que son usadas para el baño, la pesca y la náutica recreativa. De la intensa relación normanda con el mar, cabe destacar también la Regata Le Figaro, una competición de vela en solitario que suele tener su meta en puertos del litoral cantábrico español, o la Armada de Ruan, una exhibición anual de los veleros más grandes del mundo.
El mar es también uno de los alicientes del Monte Saint-Michel, un islote coronado por una espectacular abadía gótica que durante siglos solo fue accesible por tierra durante la marea baja y por mar durante la alta. De origen celta, la construcción fue declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco. El mismo fenómeno que en Saint-Michel ocurre en los acantilados de Étretat, algunas de cuyas playas y cuevas solo aparece a la vista en la bajamar.

La matizada luz de Normandía es en parte responsable del impresionismo

Y ya que estamos en los impresionantes riscos de la costa este, hay que decir que fueron pintados por numerosos artistas, con Eugène Boudin al frente. Él y Claude Monet fueron de los primeros en pintar al aire libre (plen air) a finales del siglo xix, lo que contribuyó al nacimiento del impresionismo. Muchos de sus cuadros pueden verse en el Musée des Impressionnismes de Giverny, el Musée des Beaux-Arts de Ruan o el MuMa de El Havre.
Allí se puede comprobar que la pasión de esos artistas está repartida entre los paisajes marinos y los campestres. Y es que la campiña normanda también es hermosa: suaves valles de múltiples tonalidades, escarpados picos, densos bosques de hayas y robles, campos de manzanos… Todos ellos salpicados por acogedores pueblos, majestuosas abadías, casas solariegas y sobrios castillos y fortificaciones.
Y tras las visitas de rigor, se puede recuperar fuerzas con un trago de sidra, acompañado de un queso camembert, livarot, neufchâtel o pont-l’évêque, unas ostras, unas vieiras o unos moules (mejillones) à la normande, un jamón cocido, unas andouille de Vire (salchichas blancas) y, de postre, alguno de los muchos dulces típicos. Eso sí, no hay que ir con prisas… y no hay que olvidarse nunca del trou normand.

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