PAISAJES MÁGICOS EN LA COSTA OESTE DE CANADÁ EN LA ISLA DE VANCOUVER

Coastal Mountain Vista

Una parte del espíritu que animó las leyendas de los primeros habitantes de la isla de Vancouver prevalece entre sus densos y húmedos bosques. Éste es un lugar teñido de bruma, golpeado por el mar y consagrado por la naturaleza

Mágica, así describen la isla de Vancouver quienes la conocen. Un inmigrante comentó una vez que si bien él había dedicado gran parte de su vida a cambiar esta tierra, cultivándola y talando árboles, al final había sido más bien ésta la que le había cambiado a él. Tanto es así, que aún hoy se puede sentir dicho poder transformador. De este modo, elementos tan cotidianos como el árbol, el bosque, la lluvia, las olas, la niebla o la marea, adquieren nuevos significados para quien camina por esta tierra o rema por sus aguas. Sensación que también asalta a quien contempla un magnífico fiordo o atraviesa uno de lo muchos estrechos o a aquel otro que, tras internarse en el misterio húmedo del bosque, vuelve la cabeza atrás creyendo haber percibido algo más. Es el espíritu de lo extraordinario, la fuerza, la magia de la isla de Vancouver.
Dividida en dos por una cadena de cumbres nevadas, la isla de Vancouver se extiende a lo largo de 520 kilómetros y abarca 100 kilómetros de ancho, y se encuentra inmersa en una miríada de islas e islotes. Muchas son las maravillas que esta tierra ofrece al viajero: 2.000 lagos, 81 ríos solo en la costa oeste, los árboles más altos, más gruesos y más antiguos del mundo (abetos Douglas de 90 metros de altura, una pícea de Sitka de 95 metros de altura y un cedro rojo de 2.100 años), mareas que alcanzan 100 kilómetros por hora e incluso una cueva junto al mar con fuentes termales. La isla de Vancouver es uno de los lugares más húmedo del planeta, consecuencia de los 6.7 m3 de precipitaciones anuales que recibe, y posee tantas cascadas que seguramente nadie las haya contado todas. Quizás esta diversidad explique por qué los pueblos indígenas pusieron nombre a prácticamente todo, incluso a muchos árboles, pero nunca escogieran un nombre para referirse al conjunto de las islas.

Las primeras naciones

A la sombra de la península olímpica del vecino estado de Washington (Estados Unidos), la ciudad de Victoria, situada en el extremo sur de la isla y prácticamente rodeada por el mar, cuenta con el clima más suave de Canadá. Gracias a ello, Victoria es una ciudad jardín que se impone cada año el reto de lucir más flores que el anterior. La ciudad rebosa de actividades que hacer y disfrutar, en parte debido a su esfuerzo por mantener la atmósfera de hace un siglo, tiempo en que fue considerada el último bastión del Imperio Británico.
Victoria también ofrece una oportunidad inmejorable de interesarse por la sofisticada cultura de los pueblos nativos de la isla, las Primeras Naciones, como aquí se los conoce, a través de las colecciones expuestas en el British Columbia Museum y los diversos totems indios de Thunderbird Park.
A lo largo de América, las diferentes culturas aborígenes sufrieron con el desembarco de los primeros europeos, circunstancias que también se dio en la isla de Vancouver a partir de la llegada del célebre navegante James Cook. En aquella ocasión, los nativos salieron en sus canoas para ayudarle a virar en redondo al grito de “nootka”, la palabra que Cook adoptó literalmente por su nombre. Aquel equívoco explica porque hoy se conoce a sus descendientes, habitantes de la agreste costa occidental de la isla bajo el nombre de Nootka. Ellos son uno de los tres grupos principales que componen las Primeras Naciones, junto con los Salish, que habitan las zona suroriental de la isla, y los Kwakiutl, de las accidentadas costas del norte.

Esencia mágica

Caminando por el bosque húmedo templado del norte, en el Parque Nacional Pacific Rim. Aquí reina un ecosistema tan especial que tan sólo se da en algunos valles de la isla y, más al sur, de la península, y que es fruto de la conjunción de dos importantes cordilleras separadas por una gran masa de agua, todo ello frente al Océano Pacífico. Los valles que dan al mar reciben un elevado indice de humedad en forma de lluvia, brumas y niebla traídas por el viento y las corrientes. Este lugar es un paraíso para los musgos y la setas; cada superficie rebosa vida. Caminos que atraviesa bosques de cedros rojos tan densos que se diría que el atardecer no cesa nunca. Un hechizo que se prolonga con la visión de espléndidos lagos, multitud de bosques antiguos, desfiladeros y zonas de flora y fauna de alta montaña.
Vancouver posee otros tesoros: bajando por el valle, hasta la accidentada costa frente a la que habitan numerosas colonias de ballenas, cuyas aguas recorren cada año más de 20.000 cetáceos camino a otras latitudes. El norte de la isla, donde tan sólo vive el 3% de la población, es también un paraíso para los osos pardos.



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